En busca del VIH: los ‘barebackers’ y ‘bugchasers’ de Bogotá

PorNathalia Guerrero Duque

A eso de la una de la mañana, dos parejas estaban culeando en el suelo. Ataviados apenas con accesorios de cuero o suspensorios de caucho que les rodeaban las nalgas, los cuatro hombres parecían sumidos en una lucha. Armaban figuras vivas e irregulares: una quimera de formas humanas que se retorcía y palpitaba hasta convertirse en un kraken de ocho tentáculos inquietos. Un amasijo vibrante de cabezas y brazos cosidos.

Los hombres activos se movían en un bamboleo desesperado contra el cuerpo debajo suyo, el de los pasivos. Como péndulos de carne viva, cada activo, acelerado, hacía lo suyo: ahorcaba a su pasivo, le agarraba los hombros, se trepaba sobre él y le doblaba las rodillas y los pies. Cada vez con más fuerza para atravesar al otro, para penetrarlo más profundo.

Una decena de personas rodeábamos a las parejas. Yo era la única mujer. Hombres de varios tamaños y formas hacían de espectadores, cada uno a su modo. Los que tenían menos ropa y los que estaban completamente desnudos se dedicaban a la fricción cada vez más frenética de sí mismos. Otros se conformaban con contemplar ambas escenas y acariciar cariñosamente, casi fraternalmente, su pene descubierto y turgente. Otros, como mi novio y yo, mirábamos absortos mientras tratábamos de disimular lo ajenos que éramos al sexo en vivo, lo remota que nos parecía la escena.

Había escuchado muchas historias sobre Dark Club. Algunas no pasaban de ser chismes, otras, intuía yo, ocurrían a diario. Una de las más famosas llegó a medios nacionales como el portal Semana.com, que relacionaba al dueño del bar, Nelson Jiménez, con una red de fabricación, tráfico y venta de cocaína dentro del local, hecho por el cual había estado preso tres años. Quienes contaban la historia aseguraban que Nelson ya estaba libre y que había retomado las riendas de su bar nudista, como luego pude comprobar.

Otros decían que en el sitio se celebraban orgías bareback o ‘a pelo’, una expresión que en la jerga gay significa tener sexo sin condón. Cientos de hombres se congregaban noche tras noche a ser uno solo, a ser varios, a darles rienda suelta a sus cuerpos dentro de otros, casi siempre desconocidos, sin barreras para la exploración. Otros, incluso, hablaban de unas fiestas más oscuras: los ritos de iniciación para bugchasers, un pequeño grupo de personas dentro del mundo a pelo que buscan, además de follar sin condón, contagiarse de VIH porque quieren. Porque les excita.

De la primera historia tenía certeza. De la segunda, la del bareback, no mucha. Y la tercera, la de los hombres que buscaban contagiarse, siempre había creído que era falsa: nunca creí poder encontrar bugchasers consagrados en Bogotá.

Nunca. Hasta que empecé a investigar para esta historia.

* * *

“El mundo del bareback es como un gueto”, me explica Camilo, sentado cerca del reloj del Parque Nacional de Bogotá. A él lo conocí por Twitter, donde se presenta de entrada como un barebacker “arrecho, culión, morboso, drogo” y dueño de A Pelo Films, una productora de porno gay que intenta montar desde agosto de 2016 y que fundó junto a Diego, su anterior socio, a quien conoció por Twitter para tener sexo un par de veces.

“Lo que predomina en el porno gay en este momento es el bareback, por el morbo que produce”, me dice. Diego, su exsocio, añade que tirar con forro “es como chupar Bon Bon Bum con empaque”. Dice que cuando ve un condón en plena faena la arrechera se le baja: “Tengo tan metido el cuento en la cabeza que ya no puedo con condón. Incluso viendo porno. Si veo algo que tenga sexo con forro, cierro el video”.

Camilo folló a pelo por primera vez a los trece años, cuando inició su vida sexual. En parte porque era alérgico al látex, en parte porque así le gustaba más. “Yo siempre he dicho que ser barebacker le abre a uno una serie de experiencias ilimitadas dentro del sexo, porque se pierde totalmente el miedo a experimentar un universo de cosas”. Para este barebacker, las personas que son conscientes de los riesgos y las consecuencias del sexo sin condón saben hasta dónde llegar en su búsqueda de placer.

—¿O sea que el condón es como un estado mental para ti? —le pregunto.

—Exactamente. Eso. Sin él hay una apertura a prácticas y nichos que son underground dentro de lo underground —responde—. El fisting, el pissing, el scat ( fetiche con el popó), la gerontofilia.

— ¿Y los bugchasers?

—Sí. Ellos son como un gueto dentro del gueto —dice—. Son un tabú muy grande, pero también son un fetiche, una fantasía. El placer del peligro, de pensar que la otra persona es seropositiva, que tiene VIH, y “qué rico que me llene de bichos”. De ahí el nombre.

Me cuenta que se familiarizó con la palabra bugchaser (los que buscan el contagio del virus) asistiendo a fiestas a pelo en Bogotá. Según Camilo y Diego, la movida es cada vez más grande en la capital del país, en parte, gracias a redes sociales como Grindr, Manhunt y Twitter (ambos admiten que en esta última es donde más “levantan polvos”).

Pero en parte también por la gran cantidad de sitios y eventos para encuentros sexuales que ofrece la vida nocturna gay bogotana. Desde hace más de tres años ambos asisten a fiestas en bares de Chapinero, la Primera de Mayo y en apartamentos privados. Camilo dice que durante un tiempo llegó a organizar más de treinta fiestas, todas a pelo. La dinámica: tener sexo sin condón durante horas y horas, hasta el otro día.

A Dark Club llegamos mi novio y yo, a eso de las once de la noche, con nuestros atuendos más BDSM posibles. La sigla traduce ‘ Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo, y Masoquismo’, palabras que definían el código de vestimenta de la noche. La fiesta hacía parte del festival BDSM de Bogotá, que se celebra desde 2011 en el mes de mayo y algunas veces alquila lugares como Dark Club que, haciendo una excepción, abre sus puertas durante estas fechas a las mujeres.

Esa noche era mi única oportunidad de conocerlo.

Al bar se entra por unas escaleras encima del Titicó, una popular discoteca de salsa ubicada en el corazón de Chapinero que hace parte del conglomerado de bares de la zona, concentrado entre la 13 y la Caracas. La música de arrabal de una rocola se mezcla con el house acompasado del club de la esquina. Los tangos y boleros de un sitio de mala muerte que hay subiendo otras escaleras se funden con el son cubano y el guaguancó del Titicó. Arriba, retumba el sonsonete tech housero de Dark Club.

Luego de tocar en una puerta blanca de metal, vigilada por una cámara de seguridad, nos abrió una chica transgénero que luego supe que se llama Valery. Nos cobró 15.000 pesos por pareja y nos hizo seguir a una sala pequeña de cuatro paredes, cubiertas por hileras de casilleros rojos metálicos. En la puerta de cada casillero se leía el reglamento de ingreso: “Este es un establecimiento de contacto físico y nudismo, por ende es obligatorio un aseo personal pertinente a la actividad”. El aviso también prohibía el uso de celulares y sustancias alucinógenas. Al final decía claro: “Dark Club es un lugar cero consecuencias, sea responsable de las actividades que realice”.

Mientras metíamos nuestras chaquetas en el casillero número seis, veíamos pasar hombres y mujeres de varias edades con sus figuras forradas en látex, vinilo, cuero o mallas. Los más cómodos apenas traían algo puesto o tenían adornado el cuerpo con un detalle coqueto: una concha negra de cuero que les envolvía el pene o una enredadera de cadenas alrededor de las tetas. Yo me había puesto dos equis de cinta negra sobre mis pezoncitos y mi novio se había cubierto el pecho desnudo con un arnés elástico, o al menos así terminamos luego de vernos obligados a desarmar nuestros atuendos originales, pues al entrar nos sentimos como los más vestidos del lugar. Apenas entré, fui consciente de que no iba a conocer en su totalidad a Dark Club durante un día de funcionamiento normal, pero al menos iba a poder ver, oler y tocar una mínima parte de lo que sucedía allí, seis días a la semana, desde hacía más de once años.

 * * *

La primera vez que oí la palabra bareback estaba metida en una cabina gay de Chapinero, “el corazón gay de Bogotá”, como Camilo y Diego lo denominan. Sentada frente a un computador y a pocas cuadras de Theatrón, la discoteca gay más grande de América Latina, dos de mis mejores amigos me guiaban en un recorrido por el porno gay, categoría por categoría: bears, balds, blacks y twinks (estos últimos son el equivalente gay de las teens en el porno heterosexual, o sea: pelados jóvenes). Finalmente, llegaron a la categoría bareback. Esa noche entendí que lo que era casi una norma en el porno heterosexual (follar sin condón), era toda una categoría, un gran fetiche, en el porno gay.

No es claro cuándo nació el término, que se hizo popular en los años sesenta durante la guerra de Vietnam, cuando los soldados estadounidenses empezaron a comparar el sexo sin condón con el acto de montar a caballo al estilo bareback, es decir, sin montura, a pelo. Durante la epidemia del sida en los años ochenta, la expresión pasó a ser un tabú y a fijar un estigma sobre la población gay. Pocos saben que el primer nombre que recibió el sida en 1982 fue GRID, la abreviatura de Gay Related Immune Deficiency (Inmunodeficiencia Asociada a la Homosexualidad).

La epidemia se tomó el mundo y se llevó millones de vidas. Pero entre algunos hombres gay contagiados, una actitud, una posición de corte casi político, empezó a hacerse popular: la de tener sexo sin condón. La iniciativa, apoyada desde finales de los años ochenta por figuras visibles de la comunidad gay, como el actor porno Scott O’Hara, y por famosos activistas LGBTI, como Tony Valenzuela y Stephen Gendin, desató el pánico moral y convirtió al bareback no solo en una práctica erótica transgresora y subversiva, sino también en un acto de morbo supremo en el universo gay y en un fetiche altamente provocador para hombres amantes a la adrenalina. El pánico, la paranoia y sobre todo el rechazo que desató este tipo de prácticas inspiró la creación de grupos activistas como Sex Panic! en Nueva York: defensores del derecho a la libertad sexual y a la promiscuidad entre hombres en una época en que ya solo hablar de sexo en público estaba prácticamente prohibido.

Gracias a estos grupos, los hombres gay empezaron a hablar más a menudo de sexo a pelo entre ellos mismos. Revistas populares en la comunidad LGBTI, como The Advocate, Poz Magazine y Out Magazine, e incluso algunos estudios académicos ahondaron en los motivos por los cuales las personas cada vez le temían menos al bareback.

Hubo conclusiones obvias, como que sin protección hay mayor sensibilidad y espontaneidad durante el coito. Pero otras vieron en el sexo a pelo una búsqueda de emoción y excitación mediante un riesgo real, una vía de escape de una sociedad proclive a reglamentar la vida sexual. El escritor, investigador y activista gay de la Universidad de Ohio State Michael Scarce hace una distinción al hablar de bareback: “Más allá de ser un desliz —escribe—, representa la decisión consciente de prescindir de los condones y, a pesar de los riesgos, de rebelarse en el placer que provoca hacerlo a pelo”. Para Scarce, la mayoría de personas hablan y han practicado sexo sin condón, pero el verdadero barebacker es el que premedita y erotiza el sexo anal sin protección, el que desarrolla un fetiche en torno a la práctica, con todo lo que esta implica.

“Cuando hablamos de sexo bareback, hablamos de derechos humanos”, explica Daniel García, un psicólogo y docente universitario que investiga asuntos relacionados con sexualidad, género y prevención de conductas violentas. “Ni el Estado mismo, ni ninguna otra persona puede decirle a alguien con quién acostarse o si debe acostarse con condón”.

 Según García, la práctica ha crecido en Bogotá a juzgar por el aumento de casos que llegan a su oficina, ya previamente reportados en las EPS del país. En Colombia, los servicios de salud cubren tratamientos para el VIH con antirretrovirales, medicamentos que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), combaten la evolución del virus hasta bajar sus niveles a cantidades casi indetectables.

Sin embargo, la OMS insiste en que “el VIH/SIDA sigue siendo uno de los más graves problemas de salud pública del mundo, especialmente en los países de ingresos bajos o medianos, como el nuestro. Según la organización, la falta de diagnóstico representa el obstáculo más importante: cerca de catorce millones de personas alrededor del mundo desconocen que están contagiadas. Solo en 2015, más de un millón de personas fallecieron alrededor del mundo a causa del virus. Y entre 2000 y 2015 las muertes relacionadas con el VIH se redujeron apenas en 28 por ciento.

A esto se suman numerosos estudios universitarios que han establecido una conexión lógica pero alarmante: entre más disminuye la percepción del riesgo del virus, más aumenta el número de contagios.

Un ejemplo de esto puede ser el fenómeno generado por la Truvada, un medicamento antirretroviral de PPrE, o Profilaxis Pre-Exposición, utilizado para prevenir el contagio de VIH. Según Infosida, desde 2012 varios sistemas de salud alrededor del mundo reparten Truvada a poblaciones con mayor riesgo de contagio, a diferencia de las EPS colombianas, que aún no lo suministran como método preventivo.

 “Yo creo que ahora, con la Truvada, las personas justifican más el sexo sin protección. Es como un pajazo mental”, opina García. Para él, las probabilidades de que alguien practique sexo a pelo y no esté contagiado son muy pocas. Y a pesar de ser este un método preventivo, medios como el Huffington Post o Poz Magazine han registrado casos recientes de pacientes que contrajeron el virus estando en tratamiento y que se infectaron de una nueva cepa que mutó y ahora es resistente a la Truvada.

H ace cuatro años Camilo se enteró de que era seropositivo. “Yo procuro mencionarlo antes de cualquier relación sexual, así me cueste el polvo”, me dice. Según él, el diagnóstico es duro. Pero cuando le llegó su turno, lo tomó con calma porque sabía que en su situación un contagio era inminente. “Yo al principio me decía: ‘Marica, esto es una desgracia’. Pero aprendí a aceptarme y a entender que todo en la vida tiene una razón de ser”, cuenta. “La gente en redes me dice que soy una perra sidosa, y yo respondo que eso me dice la gente cuando me está culeando y que no saben cómo me excita”. Muchos tildan a Camilo de loco, pero él asegura que ya asumió su virus y que en el proceso se dio cuenta de que tener VIH ya no es una sentencia de muerte, como lo era hace veinte o treinta años.

Diego, por su parte, recibió el diagnóstico un año antes que su amigo. Nunca había practicado el sexo a pelo hasta su contagio, excepto por sus parejas estables, incluida una con la que duró ocho años. “Él se fue a vivir a Estados Unidos y ahí se acabó todo. Pero al año y medio volvió, nos vimos, tuvimos una culeada de exnovios y yo fui muy inocente. No esperaba que me fuera a hacer algo malo”. Seis meses después, su expareja murió en Estados Unidos a causa de una insuficiencia cardíaca. Lo cremaron acá, y en el funeral Diego se enteró de que su difunto exnovio le había dejado una carta. En ella le confesaba que en realidad había muerto de sida y que cuando estuvo en Colombia ya sabía que estaba infectado. “Eso fue para mí la muerte, me quería suicidar”, recuerda Diego. Recuperarse le tomó dos años. “Yo todos los días me pregunto: ¿Qué mal le hice? ¿Yo con quién me iba a desquitar cuando me enteré si el tipo ya estaba muerto?”.

En Colombia, las cifras de VIH van en aumento. Según el ministerio de Salud, en 2015 se registraron 2.147 nuevos casos de personas infectadas. En 2016, la cifra oficial ascendió a 2.400. Esto quiere decir que, cada día, unas ocho personas contraen el virus. De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud de Bogotá, las cifras reflejan un aumento de 24 por ciento en un año. De los casos, 87,5 por ciento corresponden a hombres, siendo Chapinero, Candelaria y Santa Fe las localidades de la capital más afectadas. Y 70,8 por ciento de los casos son personas entre los veinte y treinta y nueve años. Asimismo, varios informes de la secretaría de Salud dicen que las tres poblaciones más expuestas al contagio son las mujeres transgénero, los hombres gay y los usuarios de drogas intravenosas.

Según el Análisis de Situación de Salud (ASIS) 2016 en Colombia, este virus constituye la segunda causa de muerte por enfermedades transmisibles, después de las enfermedades respiratorias agudas, con más de 23.698 casos registrados a finales de 2013. El porcentaje tiende a aumentar en Colombia, pues, de 1985 a finales de 2013, el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública reportó 92.379 casos, con un aumento especial entre 2008 y 2013, años en que se registraron más de 10.000 nuevos casos. De ese registro histórico, según el ASIS, 71 por ciento de los casos eran hombres, y el 29 por ciento restante, mujeres. También, de acuerdo a este informe, para 2013 más de 86 por ciento de las personas con VIH o sida se encontraban en tratamiento antirretroviral.

 En lo corrido de 2017, el Instituto Nacional de Salud ha registrado más de 6.321 casos.

A primera vista, Dark Club no se distingue mucho de otros bares de la ciudad: una barra central, sofás rojos y negros, los colores predominantes del sitio, y música electrónica retumbando por todo el lugar. Pero bastan unos pocos segundos para percatarse de las diferencias abismales que hay entre un bar cualquiera y este bar de “sexo explícito”, como se promociona Dark Club y como luego me lo definió Nelson. Lo primero que salta a la vista es la desnudez generalizada. Desde quienes atienden la barra, pasando por el DJ, las personas de logística y los asistentes, hasta llegar al propio anfitrión. Todos tienen algo que mostrar: el torso, las tetas, las piernas, las nalgas y, a veces, el pene bamboleante. El sitio es una feria de la turgencia, una oda a la lubricidad, a la redondez y a las siluetas.

Mientras explorábamos el sitio, me topé con Vergoneta.

Lo reconocí por sus fotos en Twitter. Se nos acercó caminando entre los asistentes con un sombrero, suspensorios de cuero y botas negras largas. Su pene erecto de casi treinta centímetros contrastaba con su aspecto frágil, delgado y casi enfermizo. Apuntaba con él en todas las direcciones, como si fuera su dedo índice. “¿Quieren entrar?”, nos preguntó, mientras señalaba la entrada a un corredor oscuro, su dedo índice señalando, su pene perpendicular señalando también. Al responderle que sí, nos preguntó con mirada ansiosa si podía acompañarnos. Mi novio soltó un tajante “¡No!” y seguimos de largo.

Al bar lo componen dos salas principales laberínticas y oscuras. Hay cepos, pequeñas jaulas rodantes, columpios, sillas huecas, cadenas, duchas con orinales y otros objetos para satisfacer las fantasías de los asistentes. Al fondo de la primera sala se esconde una zona diminuta de fumadores, y al fondo de la otra un orinal y unas duchas rojas donde los hombres no solo orinan, sino que se orinan unos a otros, practicando felizmente el pissing, la famosa filia sexual que también se conoce como ‘lluvia dorada’. Las duchas también sirven para el lavado anal, fundamental en un bar de sexo gay donde tienen lugar orgías sin condón.

“Yo a los bugchasers los conozco, pero no conozco a la primera persona en esta ciudad que me haya dicho que pertenece a esa comunidad”, me responde Daniel cuando le pregunto por el término. “Puede que haya gente que realice esta práctica, pero de manera inconsciente. Si vas a un sauna, te lo digo como homosexual que ha ido a estos sitios, te encuentras con jóvenes de veinte o veinticinco años teniendo prácticas sexuales no protegidas allí, sin una consciencia de riesgo”.

Se necesita mucho más que tener sexo sin protección para considerarse bugchaser. El término, que en español sería algo así como cazador de bichos, lo escuché por primera vez pocos días después de conocer el porno bareback. Me lo presentó otro amigo gay cuando me confesaba el pánico que le producía no solo el sexo sin condón, sino esta pequeña filia, este gueto dentro del gueto. Fue una conversación larga en la que me dio ejemplos como el de Berlín, donde, según él, la ausencia de condón entre hombres gay es una práctica casi normalizada, así como su contagio. En esa y otras ciudades, me contó mi amigo, los hombres portadores del virus mantienen lazos de hermandad y usan símbolos para identificarse. Quizá el más famoso es el de biohazard o contaminación biológica, una marca que muchos seropositivos estampan en sus camisetas o se tatúan en el pecho, las nalgas o en cualquier otra parte para mostrar con cierto orgullo que portan un agente infeccioso, una amenaza de virus. Esa noche reconocí uno de estos tatuajes en la espalda de uno de los bartenders de Dark Club.

Durante días me obsesionó el término, junto a su compañero inseparable giftgiver, que se refiere a quien ‘da el regalo’. Los primeros buscan relaciones sexuales sin protección para contraer el virus; los segundos, que generalmente no han iniciado el tratamiento con antirretrovirales, hacen posible el intercambio: ‘Tú obtienes tu bicho, yo te doy mi regalo’.

Los primeros registros de la tendencia sexual datan de los años noventa, cuando el movimiento bareback empezó a popularizarse. Para Tim Dean, director del Centro para el Estudio del Psicoanálisis y la Cultura de la Universidad de Nueva York en Búfalo y autor del libro Unlimited Intimacy: Reflections on the Subculture of Barebacking, tanto el barebacking como el bugchasing se relacionan con la fantasía de generar un lazo indeleble con el interior de otra persona. “En estas subculturas, el intercambio de semen es un ritual: ahora infectarse de VIH es como tener una cicatriz de guerra”. Dean sostiene que la cultura seropositiva, despojada de su masculinidad por la sociedad, se reconstruyó alrededor de la enfermedad. “El látex, entonces, no solo disminuye la sensibilidad, sino también la masculinidad. Desde esta perspectiva, la protección se ve como algo reservado solo para los que no pueden soportar ‘lo real’”.

En el caso de los bugchasers, los hombres van más allá. Están convencidos de que, de cierta manera, pueden ‘embarazarse’ entre ellos, como las mujeres, pero con el virus. Cada encuentro sexual se vuelve entonces un potencial embarazo. “Esto explica por qué muchos hombres se rehúsan a hacerse la prueba de VIH. Si no se la hacen, pueden seguir imaginando cada encuentro sin protección como ‘ese encuentro’, el que le va a transmitir el virus, algo que aumenta la excitación considerablemente”, escribe Dean. De esta manera, la sensación de riesgo latente por un posible contagio, el motor que más hace vibrar los penes de los bugchasers, puede renovarse cuantas veces ellos quieran.

A pesar de que muchos investigadores consideran la cacería de bichos una forma de autolesión y hasta de suicidio, hay quienes le dan una interpretación completamente distinta. Entre ellos están Mark Blechner, autor del libro Sex Changes: Transformations in Society and Psychoanalysis, y David Moskowitz y Michael Roloff, de la Northwestern University, en Illinois, Estados Unidos, autores del estudio The Ultimate High: Sexual Addiction and the Bug Chasing Phenomenon.

En línea con Tim Dean, Blechner afirma que los bugchasers se contagian de VIH guiados por un “deseo de pertenencia”. El rechazo que los hombres gay infectados sufrieron por décadas los condujo, según él, a cohesionarse como una hermandad, alentada por el apoyo de algunas organizaciones de la sociedad civil y también de los sistemas de salud de algunos países. Esto, sumado a lo controlable que es el virus hoy, ha conducido a muchos hombres gay a contagiarse para suscribirse a un club cuya membresía dura toda la vida.

Blechner también afirma que el temor a contagiarse de VIH en la comunidad gay es tan grande que algunos hombres, desesperados, prefieren contraerlo de una vez por todas para acabar la incertidumbre, para seguir sin temor con sus vidas y para disfrutar sin limitaciones su sexualidad (olvidando que hay muchas otras enfermedades de transmisión sexual).

Por su parte, Moskowitz y Roloff llevan la interpretación a un plano más profundo. Según ellos, los bugchasers ven en el contagio un acto subversivo y rebelde. Ya el psicoanálisis de Sigmund Freud y, posteriormente, el de Guy Rosolato habían hallado, oculta en el fetiche, una manifestación de desafío a la autoridad. Así, de acuerdo con Moskowitz y Roloff, el bugchasing es solo un paso más, el más lógico después de superar el tabú del barebacking, en un nutrido recorrido de prácticas que producen morbo en la población gay.

Todo esto es discutido en el controvertido documental de 2003 The Gift, que narra las historias de bugchasers estadounidenses y sus razones para serlo. “El regalo”, como se refiere al virus Doug Hitzel, uno de los personajes del documental, “te llama porque se ve como la caja más grande. En un cuarto lleno de regalos, tiene el mejor empaque, el mejor moño, y se ve como la caja más grande y divertida. Pero al abrirla solo es una gran bola llena de nada y te succiona toda la vida”.

En Bogotá hay quienes buscan con ansia ese regalo para abrirlo. “Yo decidí buscar el virus y adquirirlo porque me producía placer”. Kiba, como lo llaman en la movida gay bogotana, llegó en moto a la cafetería donde nos habíamos puesto la cita, una hora más tarde de lo acordado. “La primera vez que me hice la prueba después de decidir ser bugchaser y me salió negativa, me deprimí. Yo juraba que ya lo tenía, porque había estado con alguien diagnosticado hacía dos meses. Es decir, estaba sin tratamiento y así era más probable contagiarme. Pero no pasó”.

A primera vista, la vida de Kiba no se distingue mucho de la de cualquier otro hombre. Tiene treinta años, parece un tipo común y corriente y se desempeña como profesor de un colegio distrital. Hace unos cinco años a Kiba lo diagnosticaron con VIH y hoy recibe su tratamiento a través de la EPS. Pero, a diferencia de la gran mayoría de los portadores del mundo, Kiba buscó infectarse. Le tomó más de cinco años lograrlo. “Era excitante el morbo cuando pensaba: ‘puede que esta vez sí sea’. Ser bugchaser es una apuesta, solo que apuestas tu salud, tu vida. Detrás de eso existe un gran placer oculto, una necesidad de hacerlo que a la vez te permite explorarte de una manera diferente”.

Al igual que otros bugchasers, Kiba arrancó como barebacker a los diecisiete años. Entonces, follar a pelo era un tabú en Bogotá. “Me la pasaba buscando gente que lo hiciera ‘bare’ en foros, en chats de MSN y en páginas como Gaydar o Romeo”. Durante nuestra charla, Kiba mencionó lugares en Chapinero que hoy son referencias para los barebackers: Ibiza, Contacto Latino, Manbar y Dark Club.

Los trece años que han pasado desde entonces le han servido a Kiba para ahondar en la filosofía del bareback, algo que él considera un estilo de vida. “Aprendí el valor del nudismo y la glorificación del semen, la importancia de no botarlo y mantenerlo dentro de mí”. Me habló de una época donde el objetivo era estar con todos los hombres de la fiesta, sin rechazar a ninguno: “Lo ideal era lograr el éxtasis sexual, el éxtasis con la leche”.

Tiempo después de iniciarse en la movida bareback, decidió aventurarse a “buscar el bicho”. Lo hizo un día en que lo invitaron a una fiesta “ruleta rusa”. “Desde el inicio todos sabíamos que iban a ir personas contagiadas”. Con una botella, como si se tratara del juego del picobotella de la adolescencia, los asistentes seleccionaban parejas sexuales a cada turno. Todo debía suceder sin protección. “Jugamos entre diez personas durante horas, y la fiesta estuvo espectacular”, recuerda. A las ocho de la mañana, cuando terminó el evento, los asistentes revelaron quién era portador y quién no. Según Kiba, estaban repartidos por mitades casi exactas. “Ese día lo hice con portadores, pero no me pasó nada. Recuerdo que al final los organizadores dijeron que era una fiesta para bugchasers”, algo que en el mundo se conoce como poz party. Hasta entonces Kiba no conocía el término. Cuando se lo explicaron, se sintió identificado inmediatamente.

 Kiba cree que se contagió en Dark Club. “Conocí a Dark hace años. Salía para allá apenas acababa clases, como a las cuatro de la tarde”, dice. Una noche tuvo sexo con casi todos en el bar, empezando con el tipo de la barra. “Cada vez llegaba más gente, y yo les decía: ‘Hagámosle’. Me dejaban cargadito de leche, y eso me producía placer. Por eso yo siempre soy un acumulador, hasta que en un punto no puedo acumular más. Creo que en una de esas noches fue que pasó”. Después de episodios de sudoración y calores excesivos, no le quedó duda: Kiba por fin se había contagiado.

“Tú me estás hablando de algo que ellos llaman ‘cultos de iniciación’”.

Un escritorio de madera oscura me separa de Nelson, o “Nelson el sucio del placer”, como lo conocen en la escena gay bogotana. Mientras me responde, sus ojos permanecen clavados en un monitor con que vigila a Dark Club, desde seis cámaras distintas.

“Me parece terrible que haya gente que me hable para eso. Yo les respondía que cómo se les ocurría, que yo jamás permitiría en mi bar algo así. Un día me dijeron: ‘¿Y por qué? Nosotros tenemos derecho a decidir cómo nos vamos a morir’. Ese día dejé de responder a esos mensajes”.

Su oficina, saturada de negro y rojo como el bar, tiene un escritorio con el monitor, una silla acolchada para Nelson y un sillón pequeño para visitantes. A la derecha de Nelson cuelga un cuadro con la imagen de un hada o una deidad, cubierta parcialmente con algo que parece un suspensorio negro de cuero. Como una trompita de elefante negro, el suspensorio salta violentamente por momentos, sacudiéndose al vaivén de la arremetida anal que dos hombres tienen del otro lado de la pared, o lo que Nelson denominaba “la euforia de los clientes”, en pleno lunes, a las siete de la noche.

“Creé este sitio hace doce años pensando que la gente tiene derecho a interpretarse como quiera”. A pesar del libre desarrollo que pregona, Nelson dice que hay prácticas que nunca permitirá, como la necrofilia, la zoofilia, la pedofilia y las denominadas fiestas de iniciación. Según él, todas le han sido solicitadas en repetidas ocasiones. A Nelson, que ya tiene cuarenta años, le cuesta entender las nuevas costumbres sexuales de algunos jóvenes. “A mí no me cabe en la cabeza que uno quiera enfermarse. Y esto va a crecer porque ahora la gente tiene la posibilidad de mantenerse con esta enfermedad. Entonces ya no importa”.

Nelson montó su bar nudista en un lugar que heredó y que antes funcionaba como una casa de chicas y masajes, cerca de unas cabinas de video donde había trabajado. Desde el primer día tuvo una relación amarga con quienes acusa de enemigos: la Policía y la alcaldía local de Chapinero.

Nelson se refiere a la noticia que leí en Semana.com, pues, en efecto, pasó tres años en la cárcel por una acusación de microtráfico, acusación que hasta hoy niega. Nelson alega que fue víctima de un falso positivo judicial comandado, supuestamente, por el exalcalde menor de Chapinero, Mauricio Jaramillo. “Ni siquiera durante esos tres años pudieron cerrar mi bar porque estamos bien constituidos”, dice. Cuando salió en libertad en 2016, se endeudó, remodeló el sitio y generó expectativa por todo Chapinero, al poner a circular un anuncio: el sucio del placer ha vuelto. El día de la inauguración la fila le daba la vuelta a la cuadra, o al menos eso dice.

 Hasta hoy, Nelson lucha por que los asistentes de su bar usen siempre condón. Al comienzo intentó incluso imponer la regla con sus propias manos, poniéndoles los preservativos a sus clientes y, luego, regalándoles los condones y el lubricante, cómo sigue haciendo hasta hoy. “Pero a la gente le gusta sin preservativo. Nada que hacer”. Luego de entender que se trataba de una lucha perdida, empezó a tolerar la práctica bareback y alquiló el lugar para los eventos, una vez al mes. “Estoy ochenta por ciento decidido a acabar con esas fiestas bareback”, confiesa. “Dentro del gremio gay hay mucha gente que ya no nos visita porque le tiene miedo al VIH, y no sé por qué creen que al permitir esas fiestas una vez al mes, ya nos pueden rotular como personas que permitimos y que nos gusta el contagio del virus”.

Al final de nuestro encuentro, Nelson debate consigo mismo. “La gente tiene que concientizarse de cuidarse, pero yo tampoco puedo cerrarles la puerta a algunas personas”, me dice. “Son dos fuegos, mi amor, ¿cómo hace uno para ser justo con las personas?”.

Kiba y yo llevamos más de dos horas en la cafetería, cuando me cuenta que solo una vez se sintió responsable del contagio de una persona. “Yo en esa época tenía muchas perforaciones en el cuerpo, incluido el glande, y él quería saber cómo se sentía”. Decidieron hacerlo a pelo para sentir el piercing de Kiba, que en ese momento no sabía que estaba contagiado y tenía altos los niveles del virus. “Le dio duro cuando se enteró, yo lo acompañé en el proceso y seguimos hablando como amigos. Ha sido la única vez de la que me arrepiento”.